Lentes de Honor: Robert Capa – por Eliezer Sánchez

El fotoperiodista entre fotoperiodistas, Robert Capa (Budapest, 1913), llamado originalmente Endre Ernő Friedmann fue y será siempre el maestro del fotoperiodismo. Nacido en Hungría, pronto se mudó a París, huyendo del fascismo en Hungría y recalando en París, donde conoció al amor de su vida, Gerda Taro, fotógrafa alemana con la que compartiría cámara y autoría de muchas de sus fotos. Hecho este poco claro hasta unos años.

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Pero Capa no era un novato en el fotoperiodismo de guerra. A pesar de hacerse mundialmente famoso por su cobertura de la II guerra mundial, Capa inició su andadura en el conflicto español. La guerra civil española supuso el comienzo de una trayectoria estudiada mil veces en las escuelas de fotografía. La capacidad de Capa del “aún más cerca” se plasma de manera genial en su cita célebre: “Si tus fotos no son lo bastante buenas, no estás lo bastante cerca”. Toda una declaración de principios que marcó su estilo fotográfico y que probablemente llevó a su muerte durante en Vietnam en 1954, tras la explosión de una mina. Toda una vida de fotografía condensada en apenas veintidós años de carrera.

url Aparte de los mencionados conflictos, Capa también cubrió en esos apenas 22 años la guerra civil española, la segunda guerra chino-japonesa, la segunda guerra mundial (famosísimas sus fotos del desembarco de Normandía), la guerra árabe-israelí y la primera guerra de Indochina.

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Fue en París en el año 1947 cuando fundó, junto a David Seymour, Henri Cartier-Bresson, George Rodger y William Vandivert, la agencia Magnum Photos, la gran agencia de fotógrafos y uno de sus legados más valiosos.

Escrito por Eliezer Sánchez

http://www.eliezersanchez.com

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Las bragas en el bolso

Como dicen, volver a casa con la sonrisa puesta… Y las bragas en el bolso.

La cama, en estos momentos, se queda grande. Aunque es solo de 80. O 90.

80 o 90 veces al día son las que pienso en volver a casa con las bragas en el bolso.

Cierto. Exagero.

80 no , pero…

Y eres tu el que hace que mis bragas se pierdan. O que al día siguiente vaya a pagar el café y allí estén, en primera fila, recordándome por qué las ojeras de esa mañana merecen la pena.

Repitamos ojeras.

Piérdeme las bragas y juega con mi cordura.

Deja tu sabor en mi piel.

Coleccionemos lugares de encuentros.

Escrito por Lynae Dalla

https://lynaedalla.wordpress.com/

Sobre J.K. Rowling – Por David Desanti

Por todos es conocida esta autora, una de las más importantes de los últimos años, pero cuando conoces a fondo su historia, sientes un influjo de motivación que te envuelve como si fuera una crisálida. Joanne convierte en realidad una creencia mía: «Si quieres ser millonario, roba un banco o ten una idea». Y eso fue lo que hizo Joanne, tener una idea. Una idea que empezó a madurar, casi sin querer, en un viaje en tren desde Manchester a Londres. Aquel viaje, llevaba nada más y nada menos que cuatro horas de retraso y quizás no le pareció mala idea que surgiera un aprendiz de mago para resolver tan tediosa situación. Ese aprendiz de mago, hoy día tiene nombre y apellido, Harry Potter.

unnamedJoanne fue cogiendo pequeñas pinceladas de su vida personal, para crear unos personajes y una historia fantástica, convirtiéndola en uno de los mayores éxitos de este siglo. Cuando estuvo residiendo en Edimburgo, se recorría varios de los cafés de la zona céntrica, para continuar escribiendo las aventuras y desventuras del joven mago y sus amigos para vencer las fuerzas del malvado Voldemort. A pesar del innegable éxito, su publicación no fue sencilla. Hasta doce editoriales británicas la rechazaron y fue finalmente, la hija del presidente de la editorial de Bloomsbury, la que pidió la segunda parte del manuscrito para poder seguir leyendo. En ese momento, la historia de Harry ya no paró de crecer. Hasta siete partes, componen la saga de este joven brujo, recaudando éxitos, premios y records de ventas.

Estoy seguro de que Joanne, jamás agradeció tanto, que el tren desde Manchester a Londres, tuviera un retraso de cuatro horas y que una niña de ocho años supiera apreciar lo que esta autora quería transmitir a la población más joven. En ocasiones los niños, tienen más aciertos que los adultos.

Escrito por David Desanti.

nscdavidst@gmail.com

Poema #3 – Pedro Maza

Me quedé encerrado en tus ojos

no te das cuenta

me quedé atrapado en lo que miras

invisible al mundo

y en mi vida solo queda una silueta

un hueco triste

una copia de lo que fui junto a ti.

Me encerraste

en todos aquellos lugares que vivimos juntos

en un mundo oscuro

entre los rincones lejanos

donde guardas

los momentos fugaces en los que piensas en mi.

Me quedé encerrado en tus ojos

aunque tú no puedas verme.

Poema de Pedro Maza

Poema #2 – Pedro Maza

Cuanto pesa la noche

dentro de este autobús

cuanto pesa la noche

esta noche enloquecida

preñada de esta luna de fracaso.

Vuelvo a ser un vaquero

que cabalgó

durante demasiadas jornadas

entre el humo

que cae en tierra firme

y cuanto pesa

y cuanto pesa la noche

anegada en tierra

y cuanto pesan estos versos

cuanto pesa este poema

37 años en el salvaje oeste

en la frontera

37 muescas en un revolver inservible

son tantos

37

tan vacíos

y tan solos.

Pesa la noche

y pesa la mañana

ya la estoy temiendo

pesan los 37 y pesa el alma

pesa el hierro en las heridas

y el amor perdido

que se quedó con la luna verdadera

y pesa la ciudad huérfana

las historias que ya no entiendo.

En este autobús

detrás de una señora

que huele a viejo

pesa la noche

pesa el tipo que soy

y pesa lo que ya no puede ser.

Poema de Pedro Maza

La mano

Noto la mano agarrando los tobillos que sobresalen de la cama. El tacto es huesudo, gélido y titubeante, un reptar trémulo, tanteando entre sombras, asustadizo e indeciso como un suspiro que no pudiera disimularse a sí mismo. Respiro en la terquedad del sueño que no quiere abandonarme, en la intermitencia del reblandecimiento entre el despertar y la inconsciencia, ese leve estado en el que no se llega a ser, pero se intuye una existencia. Ante mi suave ademán, el conato apenas tibio de agitación, la mano se revuelve seca y acobardada y escala: sube arrastrándose y escucho el deslizar sobre las piernas y la cintura. Mi corazón está en calma, ajeno aún al devenir que me envuelve, pero el vello se eriza sobre mi piel y eso estimula el avance de la mano. La excita, hace crujir sus articulaciones y noto el crepitar de los tendones y el agarrote del deseo que se va inflamando, como una emoción que subyace en el desvanecimiento de la consciencia. La oscuridad se ha tornado azul y gris en el cuarto; no atisbo otros colores en el palpitar de mi percepción tumbada, de mis miembros inmóviles, paralizados entre las sábanas revueltas. Sigue tamborileando hasta el vientre descubierto, se me apoya en los huesos, que se defienden con escalofríos, y asciende y tira de algo a mi vera. El brazo, el cuerpo entero arrastrado. Quiero temblar, pero la pulsación se mantiene aletargada y la respiración en calma. Un crujido, el transitar de una informa a mi lado y, de pronto, alguien masculla junto a mi oído. Un susurro, soplando sin aliento. ¡Despierta ya! Me digo, me dice un recoveco de la mente encerrada. Dos las manos, dos las piernas que ahora noto: delgadas, frías. Gime y yo respiro, y la oscuridad es azul y el corazón permanece envuelto en su quietud inverosímil. Cada vez late más despacio y noto una caricia desagradable y helada en la base del cráneo. Me doy cuenta de que me abraza, de que agarra mis hombros, de que se coloca encima de mí y me mira, me mira fijamente a los párpados cerrados. Silueta negra, no tiene ojos, rostro ni contornos definidos. Pero no puedo verla en verdad: sigo durmiendo, indefenso, ridículamente plácido. Sólo sé que no huele, no tiene aliento, no noto la sangre formando riachuelos entre sus venas. Se me acerca al rostro, me acaricia. Me ama. Entonces me despierto y estallo en un grito: sudo, me desato, no puedo volver a recuperar el aire y el escalofrío se torna en una arcada que confluye en el pecho, un vómito sin expulsar, invisible, el reflejo de un alma a punto de salirse por la boca. Y la contemplo un instante, la contemplo a los pies de la cama y me mira y es triste y es hermosa. Pálida, sin ojos, delgada y desnuda bajo la mata de cabellos que buscan esconder su cara. Tiemblo y alzo un brazo, un puño apretado que busca reafirmar una convicción inexistente, mas de pronto ella ya no está, se ha esfumado, desvanecido por una callejuela oculta tras un segundo que se escindió del tiempo. Miro perplejo al frente y agarro el colchón, pero ya nada puedo ver. Sólo queda un hueco inquietante, sólido, huidizo hacia un rincón de mi retina.

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Texto: JAVIER SOLÍS ROS 

Fotografía: Karola Dola