La mano

Noto la mano agarrando los tobillos que sobresalen de la cama. El tacto es huesudo, gélido y titubeante, un reptar trémulo, tanteando entre sombras, asustadizo e indeciso como un suspiro que no pudiera disimularse a sí mismo. Respiro en la terquedad del sueño que no quiere abandonarme, en la intermitencia del reblandecimiento entre el despertar y la inconsciencia, ese leve estado en el que no se llega a ser, pero se intuye una existencia. Ante mi suave ademán, el conato apenas tibio de agitación, la mano se revuelve seca y acobardada y escala: sube arrastrándose y escucho el deslizar sobre las piernas y la cintura. Mi corazón está en calma, ajeno aún al devenir que me envuelve, pero el vello se eriza sobre mi piel y eso estimula el avance de la mano. La excita, hace crujir sus articulaciones y noto el crepitar de los tendones y el agarrote del deseo que se va inflamando, como una emoción que subyace en el desvanecimiento de la consciencia. La oscuridad se ha tornado azul y gris en el cuarto; no atisbo otros colores en el palpitar de mi percepción tumbada, de mis miembros inmóviles, paralizados entre las sábanas revueltas. Sigue tamborileando hasta el vientre descubierto, se me apoya en los huesos, que se defienden con escalofríos, y asciende y tira de algo a mi vera. El brazo, el cuerpo entero arrastrado. Quiero temblar, pero la pulsación se mantiene aletargada y la respiración en calma. Un crujido, el transitar de una informa a mi lado y, de pronto, alguien masculla junto a mi oído. Un susurro, soplando sin aliento. ¡Despierta ya! Me digo, me dice un recoveco de la mente encerrada. Dos las manos, dos las piernas que ahora noto: delgadas, frías. Gime y yo respiro, y la oscuridad es azul y el corazón permanece envuelto en su quietud inverosímil. Cada vez late más despacio y noto una caricia desagradable y helada en la base del cráneo. Me doy cuenta de que me abraza, de que agarra mis hombros, de que se coloca encima de mí y me mira, me mira fijamente a los párpados cerrados. Silueta negra, no tiene ojos, rostro ni contornos definidos. Pero no puedo verla en verdad: sigo durmiendo, indefenso, ridículamente plácido. Sólo sé que no huele, no tiene aliento, no noto la sangre formando riachuelos entre sus venas. Se me acerca al rostro, me acaricia. Me ama. Entonces me despierto y estallo en un grito: sudo, me desato, no puedo volver a recuperar el aire y el escalofrío se torna en una arcada que confluye en el pecho, un vómito sin expulsar, invisible, el reflejo de un alma a punto de salirse por la boca. Y la contemplo un instante, la contemplo a los pies de la cama y me mira y es triste y es hermosa. Pálida, sin ojos, delgada y desnuda bajo la mata de cabellos que buscan esconder su cara. Tiemblo y alzo un brazo, un puño apretado que busca reafirmar una convicción inexistente, mas de pronto ella ya no está, se ha esfumado, desvanecido por una callejuela oculta tras un segundo que se escindió del tiempo. Miro perplejo al frente y agarro el colchón, pero ya nada puedo ver. Sólo queda un hueco inquietante, sólido, huidizo hacia un rincón de mi retina.

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Texto: JAVIER SOLÍS ROS 

Fotografía: Karola Dola

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Sólo un gato

Su anatomía era extraña, inquietante, una curvatura como en la espalda, la contorsión de un cuerpo a todos los efectos descompensado, imposible, producto de la mente creadora de un omnipotente burlón y de los designios caóticos de una evolución alocada, indefinida, apremiada por un elemento externo y anómalo que la empujara a expulsar a su seno a tan extraordinaria criatura. Estaba detenida en el umbral de la puerta que debíamos cruzar, y yo la observaba con el vello de punta, lívido, incapaz de acercarme, temeroso y acobardado como un ratón. Respiré hondo, di un paso atrás y musité débilmente a mi acompañante que tuviera cuidado, que un ser de naturaleza y procedencia indeterminada impedía nuestro avance, custodiando la entrada de la casa con el porte de un centinela de miembros delgados, apariencia ágil y disciplinada inmovilidad de experto asesino.

¿Cuidado? Preguntó ella, sorprendida, pero si es sólo un gato, no va a comernos, ¿qué es lo que te pasa?

La miré perplejo, repentinamente anonadado ante la audacia de su ignorancia, de la inconsciencia que percibía en esos ojos vacíos, insípidos, dispuestos a aceptar cualquier embuste toscamente preparado, cualquier verdad a medias que alguien con mínimo criterio no tardaría en descartar. La mente manipulable y conformista que yo tanto detestaba.

¿Cómo un gato? Mascullé, se trata de algo mucho más serio, no nos dejemos engañar por su leve semejanza, por el objetivo de desactivar nuestra precaución al que nos quieren inducir esas orejas puntiagudas, los bigotes punzantes como lanzas, su mirada amarillenta y fría, ¿acaso no te das cuenta? Tiene, de hecho, un mirar como lobuno, salvaje, su sola presencia causa un terror profundo, indescriptible, ¡no se te ocurra acercarte! Llamaremos a la policía, es lo mejor que podemos hacer.

Coloqué mi brazo frente a ella, autoritario y sólido, enviando un mensaje de seguridad y serenidad; no dejaría que nada malo le pasara, por muy extravagante y peligrosa que fuera esa criatura diminuta con pretendido aspecto de gato. Y es que, aunque las piernas me temblaban y apenas era capaz de gobernar el castañeo de los dientes, sabía que sería destrozado por esa bestia antes de permitir que se acercara a mi compañera, núbil y tierna, indefensa, ingenua, tan necesitada de mi protección como una mariposa efímera y grácil, dotada de graciosas alas multicolores.

Entonces ocurrió algo inconcebible, espantoso. Mientras me llevaba el teléfono a la oreja para convenientemente alertar a las autoridades, ella, irreflexiva y arrogante, movida por un impulso monstruoso, controlada por energías inidentificables que tal vez rodeaban al extraño ser, se acercó con una zancada amplia, se inclinó sin esbozar un solo arqueo de miedo o vacilación y, con una sangre fría que me hizo contener la respiración, le acarició, le pasó la mano por el lomo, lo tomó entre sus brazos y sonrió como una niña que recién levantara a un cachorro.

Me llevé las manos a la cara, horrorizado, y contemplé entre dedos temblorosos cómo introducía la llave en la cerradura y penetraba en nuestra vivienda. No se detuvo pensar un segundo, no fue suficientemente lista como para percatarse de la espantosa circunstancia de la que estaba siendo partícipe y ejecutora. Resultaba terrible, una pesadilla hecha realidad. Impelido por un último enaltecimiento en el pecho, me abalancé sobre el umbral para alejarla de esa perdición que se avecinaba, pero no fui suficientemente rápido y me di de bruces con un portazo que retumbó a lo largo de la calle, de una esquina a otra, y se perdió bramando en la soledad de la noche negrísima. gatito

Ya me tienes harta, dijo, y sus pasos se perdieron irremediablemente en el fondo del pasillo.

Pobre, pensé lloroso, la pobre era incapaz de controlar las palabras que salían de su boca, vencida, esclavizada por un poder que nos superaba, había dejado de ser la mujer que yo conocía. No quedaba nada por hacer. Me deslicé al suelo y acabé de rodillas sobre las baldosas, aporreando la superficie que me alejaba del hogar que había perdido. Así permanecí sin moverme, abatido, acabado y lúgubre, sabedor de que la puerta contra la que apoyaba mi frente no volvería a abrirse nunca más.

Texto: JAVIER SOLÍS ROS 

Fotografía: Karola Dola