Impresiones sobre “Clandestino” – Por Javier Solís

Hace años, al comenzar a interesarme por el mundo de la literatura (que durante mi infancia tuvo que competir con fiereza con los videojuegos, otra pasión poco glamurosa en ambientes adolescentes), encontré una saga de libros policiacos para niños llamada “Alfred Hitchcock y los tres investigadores”, que trataba acerca de un puñado de chavales que resolvían pequeños misterios en su ciudad. Durante varios meses estuve sacando esas novelillas de la biblioteca y leyéndolas en mis ratos libres, hasta el punto de que mis padres llegaron a prohibírmelas porque no hacia los dichosos deberes del colegio. Desde entonces, toda vez que se despertara en mí el gusto por otro tipo de literatura, he ido dejando el género policiaco o de la novela negra un poco apartado, si bien es cierto que, ocasionalmente, recurro a él para descongestionarme, para reencontrar a esos personajes oscuros de los bajos fondos, los tipos duros metidos en negocios turbios, policías con convicciones y métodos poco expeditivos, corrupción y legalidad tranquilamente vulnerada en ambientes de alcohol, de dinero fácil y ajustes de cuentas. Ámbitos que la mayoría solo conocemos de oídas y que alternativamente nos repelen y nos atraen, fantaseando con haber formado parte de ellos.

De entre todas las grandes figuras de la novela negra, no cabe duda que el escritor estadounidense James Ellroy es una de las principales referencias. Posiblemente no haya nadie que no conozca títulos como “La Dalia Negra” o “L.A. Confidencial”, llevadas recientemente al cine y principales exponentes de un universo oscuro, de reversos elegantes contrapuestos con otros brutales, decadentes, repletos de vicios tan autodestructivos como atractivos, el encanto de las influencias, del poder en la sombra, de la compañía de mujeres interesantes y peligrosas, de la investigación de crímenes enmadejados. Algo de todo eso hay en esta novela, “Clandestino”, que narra los acontecimientos de la vida de un joven y arrogante policía, mujeriego y ambicioso, desde que comienza a investigar los asesinatos de mujeres estranguladas, relacionándolos entre si y rastreando las pistas que deben conducirle hasta el asesino. Como música de fondo, la América de los primeros años cincuenta, el conservadurismo rancio de la época, el anticomunismo, el machismo disfrazado de protección, la intolerancia hacia la homosexualidad o las miserias de los departamentos de policía, con sus tramas, sus informaciones ocultas o sus escándalos públicos.

En ese contexto, James Ellroy demuestra sus principales señas de identidad: la capacidad para absorber al lector a través de un guion directo, sin alardes y sin pretensiones líricas, reflexiones morales o especulaciones sentimentales. Los personajes son complejos dentro de la simpleza de su envoltura superficial, pues en ellos se destila el espíritu de la época, de la floreciente América del siglo XX: convicciones férreas acerca de que el fin justifica los medios, ya sea golpeando a un sospechoso en un motel, amenazando a un camarero, sobornando a una fuente de información o acostándose con una mujer que puede ser útil para resolver un caso. La exposición desvestida de los hechos permite un ritmo veloz, un devenir de acontecimientos que incita a no poder dejar de conocer el siguiente, avanzando por el texto de un modo casi brusco, intrépido y sin descanso, lo que se traduce, esencialmente, en la mejor de sus características: la capacidad de enganchar, de interesar y de emocionar independientemente, o casi, del tipo de lector al que consiga llegar.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Clandestino” (James Ellroy)

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Impresiones sobre “Nosotros” – Por Javier Solís

El otro día, quién sabe por qué, tuve repentinamente el antojo de realizar la crítica de un libro de ciencia ficción, tras varias entregas de obras realistas. Ambos son mis géneros favoritos, aunque admito que dejé el primero olvidado tras la adolescencia y lo he recuperado sólo a ratos, cuando me siento un poco saturado de literaturas a las que me siento más afín. Mi primer pensamiento fue hacia una de las novelas que más me han perturbado de cuántas he leído hasta el momento, y la que considero la gran obra maestra del género de la distopía: la famosa 1984, de George Orwell. Pero siendo sinceros, no creo que quede mucho por decir ya sobre este libro, al menos que nada que no haya sido mencionado mil veces en mil análisis o referencias equivalentes a esta. Por ese motivo, considero más interesante acercarme a la que, según se dice, es la obra que inspiró 1984, y que quizás, aunque sea levemente, puede tender una sombra de repetición sobre su sucesor, un atisbo de falta de originalidad.

Estoy hablando de “Nosotros”, una de las primeras historias distópicas de la literatura (no la primera, esa se suele asociar a “El talón de hierro”, de Jack London, y seguro que tampoco puede asegurarse), y en la que se narra, como será una constante en casi todas las obras posteriores, un estado totalitario controlado por un gobierno dictatorial, misterioso, que no acababa de revelarse públicamente pero al que todos los integrantes de la sociedad conocen y obedecen ciegamente. En el caso de “Nosotros”, la actitud de la gente para con esos dictadores de ademanes cuasi divinos es de absoluta devoción: no se plantean su autoridad; más aún: la aman y la desean, han sido condicionados desde su nacimiento para pensar que ese mundo en el que viven es el mejor de los posibles, la cúspide de la evolución. No existe, por tanto, un planteamiento acerca de la pérdida de libertad de la que han sido objetos. Esta idea resulta perturbadora, pues nos hace pensar, a nosotros que vivimos inmersos en sistemas económicos y sociales regidos por élites adineradas (en muchos aspectos sospechosas), en hasta qué punto somos víctimas de un lavado de cerebro equivalente al que plantean este tipo de novelas. Si bien no tanto en esa devoción casi mística que se muestra en “Nosotros” (a fin de cuentas, nuestra seña de identidad es quejarnos por todo, a veces con razón y a veces sin ella), sí en las necesidades subyacentes que han podido crearse para controlarnos más fácilmente y predecir nuestro comportamiento (estoy hablando del consumismo, del éxito laboral y económico, del éxito sexual).

Tras esta idea inicial, la novela desarrolla la historia de un hombre aparentemente insertado en el sistema que, como consecuencia de los sentimientos de amor que le inspira una desconocida, comienza a comportarse de forma diferente y acaba por verse a sí mismo inmerso en una situación de rebeldía, de clandestinidad y oposición al régimen. Resulta curioso cómo, sin embargo, este gobierno contra el que se revuelve sigue ejerciendo una poderosa influencia en él, como si en el fondo su mente no fuera capaz de soltarse de las ataduras y tuviera que dejarse llevar por el irracional para enfrentarse al vértigo que provoca la libertad. También en este aspecto la novela es punzante acerca de las motivaciones por las cuales, en muchas ocasiones, nos vemos incapaces de actuar aunque exista cierto sentimiento de justicia que trate de enaltecernos. El miedo a explorar una estructura o mentalidad diferente a aquella que está establecida, y que hemos conocido desde siempre, es un factor muy poderoso de control en el ser humano, un instrumento sorprendentemente útil para dominarnos. Un medio para, como ocurre en “Nosotros”, esclavizarnos sin que nos demos cuenta.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Nosotros” (Yevgueni Zamiatin)

Impresiones sobre “El libro de Rachel” – Por Javier Solís

Con el paso de los años, a medida que uno va devorando todo tipo de libros y, quizás incluso como consecuencia de ello, va envejeciendo lentamente (porque hay quien dice que es el conocimiento lo que más envejece a una persona, al mismo tiempo que, de alguna manera, la redime), se da cuenta de que le cuesta más encontrar novelas que le sorprendan, que le golpeen y le levanten como lo hicieron aquellas que pudieron catarse en la juventud. Posiblemente este planteamiento sea aplicable a otros muchos aspectos de la existencia, pero para los enfermos de la literatura, entre los que me incluyo, resulta especialmente problemático que ese entretenimiento, esa forma vital discretamente elegida (si es que se puede considerar elegida), deje de hacernos tan felices como antes y comencemos a mirar con indiferencia títulos que en anteriormente nos parecerían obras maestras. Por esta razón, cuando ocasionalmente uno encuentra una novela que vuelva a resultarle especialmente atractiva, fresca, jugosa, casi fascinante pese a la sencillez que la envuelve, se asemeja al recuerdo de un resorte que, de alguna manera, está asociado a la adolescencia, a la etapa en la que se empieza a ser consciente, a atisbar levemente la magnitud de las sensaciones que en el futuro conformarán nuestra personalidad.

En este caso concreto, encontré “El libro de Rachel” en una librería madrileña un poco antes de irme a Quito, hace unos años, cuando me disponía a comprar un pasatiempo para el aeropuerto antes del viaje que me esperaba. Comencé a leerlo en el salón de mi casa, esperando el taxi para ir al aeropuerto, y lo acabé en la sala de espera, cuando estábamos embarcando y yo caminaba tirando de la maleta con la vista en las últimas páginas, sin hacer caso de las indicaciones de la azafata o de la megafonía metálica que atronaba a mi alrededor. Cuando lo acabé y lo metí en la bolsa experimenté una cierta sensación pastosa, como un escalofrío indefinible que me duró hasta que me quedé dormido en el asiento. En realidad no se trata de que esta novela, la primera de Martin Amis, escrita cuando contaba tan solo con veintitrés años, tenga nada conmovedor, acaso especialmente original: es la historia de un adolescente británico de peculiares costumbres, acomodado, excesivamente culto y sofisticado para su edad, transmisor de una ambivalencia en la combinación del amor, aparentemente apasionado, que siente hacia la chica que da nombre a la novela y cierta oscuridad de su carácter, una perfidia manipuladora que se atisba en sus actos, en sus intentos de seducción, en la altanería de sus formas (reflejo tal vez de una clase social determinada, emisora de un concepto de superioridad basado en los medios y las oportunidades de las que otros carecen). Con este planteamiento sencillo, soporte de un desarrollo sin demasiado sobresaltos, se va desgranando y mostrando la extraña frialdad que preside algunas relaciones familiares, la frivolidad de las interacciones sociales, lo efímero que a veces resultan los sentimientos que dan la impresión de ser tan inacabables, tan ardientes, y que en ocasiones se revelan como meros velos de la percepción, cogidos de forma endeble con un agarre que tiende a romperse a raíz de los más nimios contratiempos.

Puede que la complejidad argumental de otras de las obras de este autor haga que resulten más atractivas para la crítica o el público, pero como amante de la sencillez en pos de transmitir sensaciones puras, un poco punzantes y auténticas, todavía sigo considerando “El libro de Rachel” como la mejor de las novelas que he leído de Martin Amis, o al menos de la que guardo un recuerdo más intenso actualmente.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“El libro de Rachel” (Martin Amis)

Impresiones sobre “Pregúntale al polvo” – Por Javier Solís

En una ocasión, hace mucho, paseando por una librería del barrio, entraron tres mujeres de edad madura, risueñas y bien vestidas, que sin embargo esparcían algo así como un cierto aroma bohemio, artístico y literario; y comenzaron a observar las estanterías a mi lado, clavando miradas interesadas, llenas de atención (no a mí, por supuesto). Al cabo de unos minutos, una de ellas sacó un volumen, lo miró y exclamó: “Ché, Bukowski, ¡es un cerdo!”, mientras buscaba la aprobación de sus dos compañeras. Yo me quedé un poco perplejo, paralizado, y aguardé a que se alejaran para agarrar ese mismo libro y mirarlo detenidamente. Aunque ya conocía de oídas a ese autor paradigmático y controvertido, hasta entonces no había leído ninguna de sus novelas. Pero aquella escena, esa frase con el calificativo de “cerdo” estimuló con un pellizco mi curiosidad todavía adolescente, de modo que decidí comprarme la obra que esa mujer, de aspecto tan culto había desdeñado y me la llevé a casa.

Desde entonces, con el paso del tiempo he leído unas pocas obras más de ese autor y, si bien no lo incluiría entre mis favoritos (al menos en su faceta de novelista) sí que me dio pie a investigar un poco más acerca del tipo de literatura de la que manan algunas de sus influencias, de esa corriente tan particular conocida como “el realismo sucio”. Justo cuando me hallaba inmerso en ese proceso, una amiga me obsequió con esta novela, de un autor hasta entonces desconocido para mí, John Fanté, de cuya obra se decía había tenido una importante ascendencia sobre la del icónico escritor de “El cartero”. Formaba parte de una saga de cuatro de la que era el segundo volumen, pero no existía problema en leerlos en desorden, ya que las historias estaban totalmente contenidas en sí mismas. Así pues, procedí a empaparme lentamente de lo que me ofrecía la novela, sin prisas, como siempre. Al acabarla tuve la impresión de que me gustaba más, bastante más que aquellas que las que hasta el momento había leído de Bukowski. Se percibía el mismo ritmo directo, contundente, un modo de contar la historia sin arabescos, sin adornos, yendo al grano, transmitiendo cierta impresión vertiginosa en el lenguaje y empatizando a través de la sinceridad, de la autenticidad fluyente entre las líneas, las palabras como filos de daga. Se refleja en ella la situación autobiográfica de ese joven casi sin recursos, tratando de abrirse paso en el mundo de la literatura, y lo hace sin edulcorar la desesperación egoísta de muchos de sus sentimientos, sin enaltecimientos o lirismos, sino a través de la crudeza con la que van llegando las situaciones aciagas, la verosimilitud y autenticidad de esos personajes que, sin necesidad de ser desarrollados, sin ahondar en sus motivaciones o planteamientos, son perfectamente creíbles, sucios, dotados incluso de cierto punto de maldad. Genuinamente humanos, en suma. Y es esa característica, ese reflejo tan directo, ligero, sin caer en un pretendido moralismo o en lamentos existenciales, de la sociedad media baja de la época, de Los Ángeles en la primera mitad del siglo XX, la rugiente industria del cine colindando con la bajeza de aquellos que mastican el polvo por una oportunidad (en ese aspecto, al menos, no ha cambiado respecto a los tiempos modernos), lo que dota a esta novela del escalofrío de la buena literatura, de las páginas que absorben como un torbellino y después dejan al lector con el sabor de boca de un buen vaso de whisky solo, sin hielo, apenas llenado hasta la mitad.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Pregúntale al polvo” (John Fante)

Impresiones sobre “La maravillosa vida breve de Oscar Wao” – Por Javier Solís

Recientemente, navegando por internet, leí que este libro había sido elegido por la BBC como el mejor de todos los que habían sido escritos en el siglo XXI. Justo en esos mismos tiempos, cuando yo estaba decidiendo qué novela comenzar a leer a continuación, la tenía entra mis candidatas, pero admito que de todas era una de las que menos me llamaban la atención. Y no porque no tuviera credenciales, pues ya sabía que pocos años antes se le había concedido el Pulitzer, lo que ya la elevaba a los altares literarios del momento, sino seguramente por el desconocimiento casi total de la realidad que en ella se condensaba. Sin embargo, tuvo que ser esa clasificación, siempre frívola como casi todas las comparaciones artísticas, la que me estimulara de algún modo del que me siento poco orgulloso. Fue una especie de “dejarse llevar” por la opinión general para orientarme en la dirección de este texto que, si no, tal vez hubiera estado cogiendo polvo durante meses en la estantería.

A través de una prosa rápida y comprensible, mezcla de una fluida narración con las expresiones coloquiales del lenguaje contextual callejero, la novela de Junot Díaz es la historia de un chico dominicano de Nueva Jersey desde su adolescencia hasta la primera madurez, contada desde el punto de vista de los testimonios de los tipos que le conocieron y de algunos miembros de su familia, protagonista del relato al mismo nivel que el muchacho, pues es a través de las raíces de su madre y de su abuela que se comprende el complejo contexto histórico que envuelve la historia, que desemboca en la situación del protagonista, Oscar Wao, un chaval con sobrepeso y friki en el más amplio y completo significado de la palabra. Pertenece a ese tipo de individuos aniquilados en los institutos por ser considerados raros, perdedores, absolutamente ignorados e incluso ridiculizados por el sexo opuesto, fuente y causa primordial de la mayor parte de los quebraderos de cabeza de los que lo sufren. Pero la imaginativa vida de Oscar y sus desventuras es sólo la excusa, el pretexto para desarrollar una realidad social más compleja acerca de la inmigración dominicana y sudamericana en Estados Unidos, las personalidades proliferantes, las relaciones entre hombres y mujeres, el difícil papel de estas últimas, deseadas como objetos hermosos en mitad de un machismo sofocante. Y, al mismo tiempo, se adentra en el pasado, en los orígenes familiares en Santo Domingo, en la abrumadora y aplastante dictadura de Trujillo, un régimen que nos hace pensar que aquello que escribía Gabriel García Márquez en “El otoño del patriarca” no sólo es posible, sino que puede llegar a quedarse corto al lado de los experiencias que muchos han debido de soportar. Existe, en este tipo de épocas, un condicionamiento social tan salvaje que los resultados se notan en los afectados durante generaciones enteras, un impacto en formas y maneras de pensar, de concebir el propio concepto de ser humano que luego se extiende en el tiempo; se condensa en actitudes y en comportamientos como los que, a la postre, ejemplifican el desenlace de la vida del protagonista, el resultado final de sus obsesiones truncado en una realidad en la que, en muchas ocasiones, la existencia individual no tiene valor alguno.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“La maravillosa vida breve de Oscar Wao” (Junot Díaz)

Impresiones sobre “Tokio Blues” – Por Javier Solís

Recuerdo que no sabía absolutamente nada de este escritor la primera vez que vi su libro en la estantería de una tienda, durante un verano que pasaba en solitario en un pueblo junto a la playa. Había acabado velozmente con el resto de la lectura que llevé para pasar el rato, de modo que, inmerso en una búsqueda casi adictiva de más entretenimiento, lo cogí al azar, incrustado entre otros “best-sellers” con los que no albergaba demasiadas esperanzas. En realidad no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar, pero como suele ocurrir con algunas noches de fiesta, en las que uno sale sin expectativa alguna a ver qué pasa y acaba por tener una velada para recordar, las mejores experiencias en ocasiones se esconden para que no podamos llamarlas, forzarlas a que aparezcan cuando lo necesitamos, sino que son de alguna forma libres para poder surgir en los instantes que menos lo esperemos. Algo así me pasó cuando me senté en el sofá aquella tarde y, tras escuchar en el ordenador la canción que da nombre al libro (Norwegian Wood, de los Beatles), comencé la lectura y no la abandoné hasta que, ya de madrugada, cerré el libro por el otro lado con una expresión visiblemente emocionada en el rostro.

Dotado, como casi toda la literatura de Murakami (que empecé a descubrir después), de una melancolía tibia, silenciosa, Tokio Blues cuenta la historia de un estudiante solitario, grisáceo en apariencia, extrañamente fuerte o sabio ante los devenires emocionales que le van ocurriendo, impregnado de la pesadumbre, terriblemente realista, que en ocasiones se percibe en el nihilismo, aunque sea de ese nihilismo de andar por casa con el que muchos de nosotros nos sentimos identificados, tocados en distintos momentos de nuestra vida. Esa sensación de cierta incomprensión y desarraigo emocional que se torna en un anhelo que jamás llega a ser satisfecho, que impide alcanzar totalmente una satisfacción plena, absoluta, o al menos una ilusión semejante a la que aferrarse. Tokio Blues nos transporta a ese mundo que parece lejano, aislado del estruendo de la sociedad, en el que se destila la atmósfera de tristeza de aquellos que no pueden ser felices, que siguen viviendo como si estuvieran inmersos en un viaje pálido, lúgubre que les arrastra, y que buscan una liberación en la música, el recuerdo, el sexo o la amistad. En ellos se percibe la sensación angustiosa de no llegar, de quedarse varados en una tierra intermedia, muy lejos de lo que se está persiguiendo. Resulta revelador el modo en el que cada uno de los personajes afronta la condena de esa existencia, la astilla en el corazón que no son capaces de arrancar: unos optan por la indiferencia apática, otros se ven arrastrados hacia la dulce locura del abandono de uno mismo, y otros eligen la aparente fortaleza del olvido o el suicidio, la vía de escape definitiva, última, para tantas y tantas situaciones cuyo dolor no podemos manejar..

Desde que leí esta novela se ha convertido en una de mis obras de culto, una de las pocas que dejo entrar a ese selecto grupo. No sabría decir si es mejor que otras del mismo autor: otras por las que es más conocido y aclamado, pero para mí es la más emocionante que hasta el momento he leído de él. Al acabarla, un tanto descompuesto, recuerdo haber cogido el teléfono móvil y escrito un mensaje a la chica con la que entonces compartía una relación, haciéndole saber lo afortunado que me sentía de estar con ella. Poco después ese gesto, como otros parecidos, no sirvieron de nada, pero al menos me hicieron entender hasta qué punto un libro, una historia, podía conmovernos, cambiarnos, provocar en nosotros sentimientos parecidos a los que el autor intentó plasmar (en este caso con gran habilidad) entre sus páginas.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Tokio Blues” (Haruki Murakami)

Impresiones sobre “El túnel” – Por Javier Solís

Confieso que la primera vez que intenté leer “Sobre Héroes y Tumbas”, la obra más conocida y representativa de Ernesto Sábato, me sentí vencido casi en el primer capítulo. Era apenas un adolescente, un neófito en el mundo de la literatura (al menos en ese aspecto no he cambiado nada) y me costó cogerle el gusto a los entresijos de esa novela fabulosa, original y polémica, posiblemente una de las mejores del siglo. Luego me sedujo por completo, irremediablemente, pero en aquella ocasión hubiera deseado, antes de empezarla, haber pasado por la introducción al mundo de Sábato que proporciona “El túnel”, una historia inteligente, insólitamente divertida por la esperpéntica personalidad del protagonista, que transmite una impresión de hilarante ternura de su carácter, su dificultad para imponerse a las limitaciones amorosas que lo atenazan. Fue, como en otros casos que recuerdo con cariño, un regalo de alguien muy querido, y quizás por ese motivo le tengo una afinidad especial a este libro, una alegría extraña cuando pienso en él y en la persona que me lo hizo llegar.

“El túnel” es un reflejo perfecto, asequible, de la literatura certera del autor, de la complejidad moral y emocional oculta debajo de las capas de ironía, de la prosa culta y sin embargo fácil de leer, rápida pese a ser capaz de describir con precisión los detalles, de introducir, casi subrepticiamente, destellos de sabiduría, de reflexiones filosóficas y psicológicas que van surgiendo sin que nos demos cuenta, ayudándonos a sumergirnos en la historia y a comprender a sus protagonistas. Así descubrimos a su memorable personaje principal, la persecución de una enamorada cuyos favores parece absolutamente imposible que logre, las contradicciones de su carácter, una metáfora crítica esa hipocresía generalizada de los que piensan una cosa y dicen otra, o de los que se enaltecen de valor en los momentos de anticipación pero se desmoronan cuando llega la hora de la verdad. Y, sobre todo, nos muestra con picardía y buen humor (humor negro en realidad, depresivo incluso al ahondar en las reflexiones que nos quiere transmitir el escritor, pero humor al fin y al cabo) la capacidad de algunos seres humanos para auto boicotearse, para dar vueltas en círculos alrededor de un objetivo que, por diversos motivos implementados en uno mismo, en las bases más primordiales de nuestra personalidad, acaba siendo una empresa utópica, inasumible.

Tengo que admitir que existe en este tipo de personajes una capacidad inherente para que me sienta identificado con ellos, lo que quizás refleja cierta falta de originalidad en el carácter de los escritores: algo así como una comunión de inseguridades que son las que desembocan en la necesidad de plasmarlas en papel, de desahogarse a través de la compartición con el resto del mundo. Un mensaje lanzado al exterior en el interior de una botella de cristal. Supongo que por eso, en las ocasiones en las que he intentado ponerme delante de una hoja en blanco y escribir una historia, han sido precisamente emociones como las que experimenta el protagonista las que con más fuerza me sentía necesitado de contar, de transmitir en busca de comprensión, de una especie de asentimiento invisible de aquel que lo leyera, en ese repetitivo afán, inherente a casi todos nosotros, de escuchar la famosa y redentora frase: “no estás solo”.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“El túnel” (Ernesto Sábato)