Sólo un gato

Su anatomía era extraña, inquietante, una curvatura como en la espalda, la contorsión de un cuerpo a todos los efectos descompensado, imposible, producto de la mente creadora de un omnipotente burlón y de los designios caóticos de una evolución alocada, indefinida, apremiada por un elemento externo y anómalo que la empujara a expulsar a su seno a tan extraordinaria criatura. Estaba detenida en el umbral de la puerta que debíamos cruzar, y yo la observaba con el vello de punta, lívido, incapaz de acercarme, temeroso y acobardado como un ratón. Respiré hondo, di un paso atrás y musité débilmente a mi acompañante que tuviera cuidado, que un ser de naturaleza y procedencia indeterminada impedía nuestro avance, custodiando la entrada de la casa con el porte de un centinela de miembros delgados, apariencia ágil y disciplinada inmovilidad de experto asesino.

¿Cuidado? Preguntó ella, sorprendida, pero si es sólo un gato, no va a comernos, ¿qué es lo que te pasa?

La miré perplejo, repentinamente anonadado ante la audacia de su ignorancia, de la inconsciencia que percibía en esos ojos vacíos, insípidos, dispuestos a aceptar cualquier embuste toscamente preparado, cualquier verdad a medias que alguien con mínimo criterio no tardaría en descartar. La mente manipulable y conformista que yo tanto detestaba.

¿Cómo un gato? Mascullé, se trata de algo mucho más serio, no nos dejemos engañar por su leve semejanza, por el objetivo de desactivar nuestra precaución al que nos quieren inducir esas orejas puntiagudas, los bigotes punzantes como lanzas, su mirada amarillenta y fría, ¿acaso no te das cuenta? Tiene, de hecho, un mirar como lobuno, salvaje, su sola presencia causa un terror profundo, indescriptible, ¡no se te ocurra acercarte! Llamaremos a la policía, es lo mejor que podemos hacer.

Coloqué mi brazo frente a ella, autoritario y sólido, enviando un mensaje de seguridad y serenidad; no dejaría que nada malo le pasara, por muy extravagante y peligrosa que fuera esa criatura diminuta con pretendido aspecto de gato. Y es que, aunque las piernas me temblaban y apenas era capaz de gobernar el castañeo de los dientes, sabía que sería destrozado por esa bestia antes de permitir que se acercara a mi compañera, núbil y tierna, indefensa, ingenua, tan necesitada de mi protección como una mariposa efímera y grácil, dotada de graciosas alas multicolores.

Entonces ocurrió algo inconcebible, espantoso. Mientras me llevaba el teléfono a la oreja para convenientemente alertar a las autoridades, ella, irreflexiva y arrogante, movida por un impulso monstruoso, controlada por energías inidentificables que tal vez rodeaban al extraño ser, se acercó con una zancada amplia, se inclinó sin esbozar un solo arqueo de miedo o vacilación y, con una sangre fría que me hizo contener la respiración, le acarició, le pasó la mano por el lomo, lo tomó entre sus brazos y sonrió como una niña que recién levantara a un cachorro.

Me llevé las manos a la cara, horrorizado, y contemplé entre dedos temblorosos cómo introducía la llave en la cerradura y penetraba en nuestra vivienda. No se detuvo pensar un segundo, no fue suficientemente lista como para percatarse de la espantosa circunstancia de la que estaba siendo partícipe y ejecutora. Resultaba terrible, una pesadilla hecha realidad. Impelido por un último enaltecimiento en el pecho, me abalancé sobre el umbral para alejarla de esa perdición que se avecinaba, pero no fui suficientemente rápido y me di de bruces con un portazo que retumbó a lo largo de la calle, de una esquina a otra, y se perdió bramando en la soledad de la noche negrísima. gatito

Ya me tienes harta, dijo, y sus pasos se perdieron irremediablemente en el fondo del pasillo.

Pobre, pensé lloroso, la pobre era incapaz de controlar las palabras que salían de su boca, vencida, esclavizada por un poder que nos superaba, había dejado de ser la mujer que yo conocía. No quedaba nada por hacer. Me deslicé al suelo y acabé de rodillas sobre las baldosas, aporreando la superficie que me alejaba del hogar que había perdido. Así permanecí sin moverme, abatido, acabado y lúgubre, sabedor de que la puerta contra la que apoyaba mi frente no volvería a abrirse nunca más.

Texto: JAVIER SOLÍS ROS 

Fotografía: Karola Dola

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