Impresiones sobre “Las leyes de la frontera” – Por Javier Solís

Desde que hace algunos años, en un verano en las playas de Benidorm, leí “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas, albergué el impulso, la necesidad de hacerme con alguna otra de sus novelas. Aquella me había encantado (todavía guardo un excelente recuerdo), pero se trataba más bien de una crónica, de una especie de documental dotado con la componente, siempre especulativa, de los pensamientos y sentimientos de algunos de los principales implicados en el golpe de estado de 1981. Pasó el tiempo y me olvidé del tema, inmerso en otros autores, recomendaciones y encargos, hasta que recientemente compré en una librería este volumen, quizás porque, a diferencia de otras veces, no quería dejarme llevar por la corriente popular que me incitaba a probar con la ya famosísima “Soldados de Salamina”. He de decir que, al menos por una vez, no me equivoqué en mis devaneos intuitivos.

“Las leyes de la frontera” narra algunos acontecimientos de la vida de un exponente paradigmático del quinqui español (figura muy destacable y común durante los últimos años 70 y primeros 80 en España), el Zarco (personaje ficticio, posiblemente inspirado en otros delincuentes juveniles que se hicieron famosos en los medios de comunicación y películas a lo largo de esas épocas), desde la perspectiva de un antiguo conocido suyo, cuyos testimonios ahondan en los primeros momentos de su carrera delictiva y, como consecuencia de ello, retratan también una realidad social muy dura que existió y todavía hoy perdura en muchas ciudades y pueblos españoles. A través de un grupo de personajes pertenecientes a ese estrato social, algunos de ellos dotados de la gran fuerza de atracción y empatía que otorga su situación (esa injusticia romántica, quizás un poco ficticia, a la que han sido sometidos) se exponen las miserias a las que la sociedad condena a personas como ellos: hijos de padres drogadictos y traficantes, envueltos en la pobreza y abocados desde la infancia a tener que colindar con el alcohol, la droga, los hurtos, las palizas y amenazas como modo de vida. Por supuesto, siempre existe un ligero toque de idealización cuando se trata de ahondar en la personalidad de este tipo de individuos: un aroma entrañable, demasiado bondadoso para ser totalmente real, que se percibe en la camaradería de las pandillas o en la rápida decadencia de vidas siempre al límite, expuestas a los peligros de la intemperie ante los que uno debe adaptarse con sus mismas armas. De lo contrario, en la mayoría de los casos la única salida acaba siendo el abuso y la muerte.

Cuando terminé de leerlo, de madrugada, tuve durante un instante una sensación de indefensión, como si las paredes del sistema, tan estructurado para servir a las clases acomodadas, se hubieran resquebrajado en la melancolía de los recuerdos del protagonista, en la relación cambiante de algunos personajes que aparecen y desaparecen en los entresijos de la cárcel y de la calle, de los barrios peligrosos, de las compañías inadecuadas. Es entonces cuando uno se da cuenta de la fortuna tácita de la que mucha gente es ajena, asumiendo el bienestar de una familia, una vivienda confortable o una educación como algo natural, sin preguntarse cuál será el padecimiento de otros que, al contrario que ellos (que nosotros), no tuvieron la oportunidad de mejorar, de prosperar; o, casi peor, cuando por fin se la dieron ya fue tarde, demasiado tarde para redimirles.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Las leyes de la frontera” (Javier Cercas)

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