Impresiones sobre “El libro de Rachel” – Por Javier Solís

Con el paso de los años, a medida que uno va devorando todo tipo de libros y, quizás incluso como consecuencia de ello, va envejeciendo lentamente (porque hay quien dice que es el conocimiento lo que más envejece a una persona, al mismo tiempo que, de alguna manera, la redime), se da cuenta de que le cuesta más encontrar novelas que le sorprendan, que le golpeen y le levanten como lo hicieron aquellas que pudieron catarse en la juventud. Posiblemente este planteamiento sea aplicable a otros muchos aspectos de la existencia, pero para los enfermos de la literatura, entre los que me incluyo, resulta especialmente problemático que ese entretenimiento, esa forma vital discretamente elegida (si es que se puede considerar elegida), deje de hacernos tan felices como antes y comencemos a mirar con indiferencia títulos que en anteriormente nos parecerían obras maestras. Por esta razón, cuando ocasionalmente uno encuentra una novela que vuelva a resultarle especialmente atractiva, fresca, jugosa, casi fascinante pese a la sencillez que la envuelve, se asemeja al recuerdo de un resorte que, de alguna manera, está asociado a la adolescencia, a la etapa en la que se empieza a ser consciente, a atisbar levemente la magnitud de las sensaciones que en el futuro conformarán nuestra personalidad.

En este caso concreto, encontré “El libro de Rachel” en una librería madrileña un poco antes de irme a Quito, hace unos años, cuando me disponía a comprar un pasatiempo para el aeropuerto antes del viaje que me esperaba. Comencé a leerlo en el salón de mi casa, esperando el taxi para ir al aeropuerto, y lo acabé en la sala de espera, cuando estábamos embarcando y yo caminaba tirando de la maleta con la vista en las últimas páginas, sin hacer caso de las indicaciones de la azafata o de la megafonía metálica que atronaba a mi alrededor. Cuando lo acabé y lo metí en la bolsa experimenté una cierta sensación pastosa, como un escalofrío indefinible que me duró hasta que me quedé dormido en el asiento. En realidad no se trata de que esta novela, la primera de Martin Amis, escrita cuando contaba tan solo con veintitrés años, tenga nada conmovedor, acaso especialmente original: es la historia de un adolescente británico de peculiares costumbres, acomodado, excesivamente culto y sofisticado para su edad, transmisor de una ambivalencia en la combinación del amor, aparentemente apasionado, que siente hacia la chica que da nombre a la novela y cierta oscuridad de su carácter, una perfidia manipuladora que se atisba en sus actos, en sus intentos de seducción, en la altanería de sus formas (reflejo tal vez de una clase social determinada, emisora de un concepto de superioridad basado en los medios y las oportunidades de las que otros carecen). Con este planteamiento sencillo, soporte de un desarrollo sin demasiado sobresaltos, se va desgranando y mostrando la extraña frialdad que preside algunas relaciones familiares, la frivolidad de las interacciones sociales, lo efímero que a veces resultan los sentimientos que dan la impresión de ser tan inacabables, tan ardientes, y que en ocasiones se revelan como meros velos de la percepción, cogidos de forma endeble con un agarre que tiende a romperse a raíz de los más nimios contratiempos.

Puede que la complejidad argumental de otras de las obras de este autor haga que resulten más atractivas para la crítica o el público, pero como amante de la sencillez en pos de transmitir sensaciones puras, un poco punzantes y auténticas, todavía sigo considerando “El libro de Rachel” como la mejor de las novelas que he leído de Martin Amis, o al menos de la que guardo un recuerdo más intenso actualmente.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“El libro de Rachel” (Martin Amis)

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