Lentes de Honor: Steve Mc Curry – por Eliezer Sánchez

steveUn fotoperiodista obsesivo en cuanto a su trabajo. Ese es Steve McCurry (Pensilvania, 1950), uno de los fotógrafos más reconocidos del mundo, miembro de la agencia Magnum y habitual de las páginas del National Geographic.

Steve se inició en la fotografía tras su paso por los estudios de cinematografía e historia del cine en su estado de origen, Pensilvania. Después, descubrió la fotografía y comenzó trabajando para el ‘Daily Collegian’. Tras eso, el resto es historia…

McCurry es discípulo de Cartier Bresson, de la escuela del momento decisivo, para el que la jornada no vale de nada si no ha conseguido la foto perfecta, tanto si surge en un segundo o a lo largo de una semana. Esa es la clave, según él, del fotógrafo profesional, la obsesión. Él, como muchos, se labró una reputación a través de la guerra, en este caso la de Afganistán de los años 90. Integrándose entre la población local como un camaleón, McCurry consiguió enseñar al mundo suvisión personal del conflicto, reflejada en miles de ojos de niños ‘cazados’ por él.INDIA-10209NF

INDIA-10214Es en esos ojos donde McCurry despliega todo su potencial. Pocos fotógrafos han capturado miradas tan potentes como él, incluso en los lugares más inhóspitos de los países de oriente medio. Y es que, al fin y al cabo, los ojos de un niño nunca mienten, pues la inocencia que refleja McCurry en sus fotos es perturbadora.

Uno de esos inocentes testigos de la barbarie de la guerra fue Sharbat Gula, una niña afgana que le propició fama mundial a través de su portada del National Geographic del año 1985. Años más tarde, McCurry desveló la identidad de la niña y el equipo de la revista realizó el mismo retrato 17 años después del original.bceedb9fc4-stevemccurryafghangirl

Escrito por Eliezer Sánchez

http://www.eliezersanchez.com

Sólo un gato

Su anatomía era extraña, inquietante, una curvatura como en la espalda, la contorsión de un cuerpo a todos los efectos descompensado, imposible, producto de la mente creadora de un omnipotente burlón y de los designios caóticos de una evolución alocada, indefinida, apremiada por un elemento externo y anómalo que la empujara a expulsar a su seno a tan extraordinaria criatura. Estaba detenida en el umbral de la puerta que debíamos cruzar, y yo la observaba con el vello de punta, lívido, incapaz de acercarme, temeroso y acobardado como un ratón. Respiré hondo, di un paso atrás y musité débilmente a mi acompañante que tuviera cuidado, que un ser de naturaleza y procedencia indeterminada impedía nuestro avance, custodiando la entrada de la casa con el porte de un centinela de miembros delgados, apariencia ágil y disciplinada inmovilidad de experto asesino.

¿Cuidado? Preguntó ella, sorprendida, pero si es sólo un gato, no va a comernos, ¿qué es lo que te pasa?

La miré perplejo, repentinamente anonadado ante la audacia de su ignorancia, de la inconsciencia que percibía en esos ojos vacíos, insípidos, dispuestos a aceptar cualquier embuste toscamente preparado, cualquier verdad a medias que alguien con mínimo criterio no tardaría en descartar. La mente manipulable y conformista que yo tanto detestaba.

¿Cómo un gato? Mascullé, se trata de algo mucho más serio, no nos dejemos engañar por su leve semejanza, por el objetivo de desactivar nuestra precaución al que nos quieren inducir esas orejas puntiagudas, los bigotes punzantes como lanzas, su mirada amarillenta y fría, ¿acaso no te das cuenta? Tiene, de hecho, un mirar como lobuno, salvaje, su sola presencia causa un terror profundo, indescriptible, ¡no se te ocurra acercarte! Llamaremos a la policía, es lo mejor que podemos hacer.

Coloqué mi brazo frente a ella, autoritario y sólido, enviando un mensaje de seguridad y serenidad; no dejaría que nada malo le pasara, por muy extravagante y peligrosa que fuera esa criatura diminuta con pretendido aspecto de gato. Y es que, aunque las piernas me temblaban y apenas era capaz de gobernar el castañeo de los dientes, sabía que sería destrozado por esa bestia antes de permitir que se acercara a mi compañera, núbil y tierna, indefensa, ingenua, tan necesitada de mi protección como una mariposa efímera y grácil, dotada de graciosas alas multicolores.

Entonces ocurrió algo inconcebible, espantoso. Mientras me llevaba el teléfono a la oreja para convenientemente alertar a las autoridades, ella, irreflexiva y arrogante, movida por un impulso monstruoso, controlada por energías inidentificables que tal vez rodeaban al extraño ser, se acercó con una zancada amplia, se inclinó sin esbozar un solo arqueo de miedo o vacilación y, con una sangre fría que me hizo contener la respiración, le acarició, le pasó la mano por el lomo, lo tomó entre sus brazos y sonrió como una niña que recién levantara a un cachorro.

Me llevé las manos a la cara, horrorizado, y contemplé entre dedos temblorosos cómo introducía la llave en la cerradura y penetraba en nuestra vivienda. No se detuvo pensar un segundo, no fue suficientemente lista como para percatarse de la espantosa circunstancia de la que estaba siendo partícipe y ejecutora. Resultaba terrible, una pesadilla hecha realidad. Impelido por un último enaltecimiento en el pecho, me abalancé sobre el umbral para alejarla de esa perdición que se avecinaba, pero no fui suficientemente rápido y me di de bruces con un portazo que retumbó a lo largo de la calle, de una esquina a otra, y se perdió bramando en la soledad de la noche negrísima. gatito

Ya me tienes harta, dijo, y sus pasos se perdieron irremediablemente en el fondo del pasillo.

Pobre, pensé lloroso, la pobre era incapaz de controlar las palabras que salían de su boca, vencida, esclavizada por un poder que nos superaba, había dejado de ser la mujer que yo conocía. No quedaba nada por hacer. Me deslicé al suelo y acabé de rodillas sobre las baldosas, aporreando la superficie que me alejaba del hogar que había perdido. Así permanecí sin moverme, abatido, acabado y lúgubre, sabedor de que la puerta contra la que apoyaba mi frente no volvería a abrirse nunca más.

Texto: JAVIER SOLÍS ROS 

Fotografía: Karola Dola

Impresiones sobre “Las leyes de la frontera” – Por Javier Solís

Desde que hace algunos años, en un verano en las playas de Benidorm, leí “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas, albergué el impulso, la necesidad de hacerme con alguna otra de sus novelas. Aquella me había encantado (todavía guardo un excelente recuerdo), pero se trataba más bien de una crónica, de una especie de documental dotado con la componente, siempre especulativa, de los pensamientos y sentimientos de algunos de los principales implicados en el golpe de estado de 1981. Pasó el tiempo y me olvidé del tema, inmerso en otros autores, recomendaciones y encargos, hasta que recientemente compré en una librería este volumen, quizás porque, a diferencia de otras veces, no quería dejarme llevar por la corriente popular que me incitaba a probar con la ya famosísima “Soldados de Salamina”. He de decir que, al menos por una vez, no me equivoqué en mis devaneos intuitivos.

“Las leyes de la frontera” narra algunos acontecimientos de la vida de un exponente paradigmático del quinqui español (figura muy destacable y común durante los últimos años 70 y primeros 80 en España), el Zarco (personaje ficticio, posiblemente inspirado en otros delincuentes juveniles que se hicieron famosos en los medios de comunicación y películas a lo largo de esas épocas), desde la perspectiva de un antiguo conocido suyo, cuyos testimonios ahondan en los primeros momentos de su carrera delictiva y, como consecuencia de ello, retratan también una realidad social muy dura que existió y todavía hoy perdura en muchas ciudades y pueblos españoles. A través de un grupo de personajes pertenecientes a ese estrato social, algunos de ellos dotados de la gran fuerza de atracción y empatía que otorga su situación (esa injusticia romántica, quizás un poco ficticia, a la que han sido sometidos) se exponen las miserias a las que la sociedad condena a personas como ellos: hijos de padres drogadictos y traficantes, envueltos en la pobreza y abocados desde la infancia a tener que colindar con el alcohol, la droga, los hurtos, las palizas y amenazas como modo de vida. Por supuesto, siempre existe un ligero toque de idealización cuando se trata de ahondar en la personalidad de este tipo de individuos: un aroma entrañable, demasiado bondadoso para ser totalmente real, que se percibe en la camaradería de las pandillas o en la rápida decadencia de vidas siempre al límite, expuestas a los peligros de la intemperie ante los que uno debe adaptarse con sus mismas armas. De lo contrario, en la mayoría de los casos la única salida acaba siendo el abuso y la muerte.

Cuando terminé de leerlo, de madrugada, tuve durante un instante una sensación de indefensión, como si las paredes del sistema, tan estructurado para servir a las clases acomodadas, se hubieran resquebrajado en la melancolía de los recuerdos del protagonista, en la relación cambiante de algunos personajes que aparecen y desaparecen en los entresijos de la cárcel y de la calle, de los barrios peligrosos, de las compañías inadecuadas. Es entonces cuando uno se da cuenta de la fortuna tácita de la que mucha gente es ajena, asumiendo el bienestar de una familia, una vivienda confortable o una educación como algo natural, sin preguntarse cuál será el padecimiento de otros que, al contrario que ellos (que nosotros), no tuvieron la oportunidad de mejorar, de prosperar; o, casi peor, cuando por fin se la dieron ya fue tarde, demasiado tarde para redimirles.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Las leyes de la frontera” (Javier Cercas)

Sobre Guillermo del Toro – Por David Desanti

Si alguien escucha el nombre de Guillermo del Toro, serán muchos los que lo asocien, rápidamente, a la película de “El laberinto del fauno”, pero sería muy injusto, reconocer por esta única obra al, quizás, mexicano más americanizado que ha existido y que existe en la actualidad, pues actualmente reside en la ciudad de Los Ángeles. Del Toro empezó a filmar siendo adolescente y rodó su primera película a los veintiún años —eran otros tiempos— y a dibujar comics, su otra gran pasión. Del Toro siempre ha hecho pública su fascinación por los mundos mágicos, los monstruos y la fantasía, todo ellos mezclado, formando una melé, muy interesante de diseccionar. El resultado, son obras maestras en las que él ha participado tanto como director, como guionista o como productor, ejemplo reconocidos son. “Pacific Rim” “El espinazo del diablo” o el remake “No tengas miedo a la oscuridad” unnamed Pero si por algo he decidido resaltar a este artista, es por su menos conocida, faceta de escritor. Un día, un aclamado director de cine español, dijo que para ser un buen director de cine, primero tienes que ser un gran escritor de historias y debo reconocer que Del Toro cumple esta premisa a la perfección. Nadie que haya leído su fantástica trilogía “Nocturna” discreparía de este comentario. Mezclando la acción, propia de cualquiera de sus películas, con elementos tan descriptivos que en ocasiones puede parecer que en vez de estar leyendo, estas contemplando un cuadro recreando una escena. La trilogía se hizo tan popular, que FX, decidió realizar una serie basada en ella, titulada “The Strain”, también de gran éxito. Actualmente, Guillermo Del Toro no ha desvelado si se atrevería a escribir cualquier otra novela, lo que si es seguro es que los amantes del género fantástico y de ciencia ficción, lo estaremos esperando con impaciencia.

Escrito por David Desanti. nscdavidst@gmail.com

Impresiones sobre “El libro de Rachel” – Por Javier Solís

Con el paso de los años, a medida que uno va devorando todo tipo de libros y, quizás incluso como consecuencia de ello, va envejeciendo lentamente (porque hay quien dice que es el conocimiento lo que más envejece a una persona, al mismo tiempo que, de alguna manera, la redime), se da cuenta de que le cuesta más encontrar novelas que le sorprendan, que le golpeen y le levanten como lo hicieron aquellas que pudieron catarse en la juventud. Posiblemente este planteamiento sea aplicable a otros muchos aspectos de la existencia, pero para los enfermos de la literatura, entre los que me incluyo, resulta especialmente problemático que ese entretenimiento, esa forma vital discretamente elegida (si es que se puede considerar elegida), deje de hacernos tan felices como antes y comencemos a mirar con indiferencia títulos que en anteriormente nos parecerían obras maestras. Por esta razón, cuando ocasionalmente uno encuentra una novela que vuelva a resultarle especialmente atractiva, fresca, jugosa, casi fascinante pese a la sencillez que la envuelve, se asemeja al recuerdo de un resorte que, de alguna manera, está asociado a la adolescencia, a la etapa en la que se empieza a ser consciente, a atisbar levemente la magnitud de las sensaciones que en el futuro conformarán nuestra personalidad.

En este caso concreto, encontré “El libro de Rachel” en una librería madrileña un poco antes de irme a Quito, hace unos años, cuando me disponía a comprar un pasatiempo para el aeropuerto antes del viaje que me esperaba. Comencé a leerlo en el salón de mi casa, esperando el taxi para ir al aeropuerto, y lo acabé en la sala de espera, cuando estábamos embarcando y yo caminaba tirando de la maleta con la vista en las últimas páginas, sin hacer caso de las indicaciones de la azafata o de la megafonía metálica que atronaba a mi alrededor. Cuando lo acabé y lo metí en la bolsa experimenté una cierta sensación pastosa, como un escalofrío indefinible que me duró hasta que me quedé dormido en el asiento. En realidad no se trata de que esta novela, la primera de Martin Amis, escrita cuando contaba tan solo con veintitrés años, tenga nada conmovedor, acaso especialmente original: es la historia de un adolescente británico de peculiares costumbres, acomodado, excesivamente culto y sofisticado para su edad, transmisor de una ambivalencia en la combinación del amor, aparentemente apasionado, que siente hacia la chica que da nombre a la novela y cierta oscuridad de su carácter, una perfidia manipuladora que se atisba en sus actos, en sus intentos de seducción, en la altanería de sus formas (reflejo tal vez de una clase social determinada, emisora de un concepto de superioridad basado en los medios y las oportunidades de las que otros carecen). Con este planteamiento sencillo, soporte de un desarrollo sin demasiado sobresaltos, se va desgranando y mostrando la extraña frialdad que preside algunas relaciones familiares, la frivolidad de las interacciones sociales, lo efímero que a veces resultan los sentimientos que dan la impresión de ser tan inacabables, tan ardientes, y que en ocasiones se revelan como meros velos de la percepción, cogidos de forma endeble con un agarre que tiende a romperse a raíz de los más nimios contratiempos.

Puede que la complejidad argumental de otras de las obras de este autor haga que resulten más atractivas para la crítica o el público, pero como amante de la sencillez en pos de transmitir sensaciones puras, un poco punzantes y auténticas, todavía sigo considerando “El libro de Rachel” como la mejor de las novelas que he leído de Martin Amis, o al menos de la que guardo un recuerdo más intenso actualmente.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“El libro de Rachel” (Martin Amis)

Lentes de Honor: Sebastião Salgado – por Eliezer Sánchez

Si hay un referente en cuanto a la relación entre la naturaleza y fotografía, ese es Sebastião Salgado (Aymorés, Brasil, 1944). Sus trabajos infunden y rezuman amor por la naturaleza, sus tierras y sus gentes.

Sebastiao

Salgado comenzó su carrera como economista, trabajando para la Organización Internacional del Café y realizando encargos para el Banco Mundial en África, donde dio sus primeros pasos en la fotografía. Autodidacta de manual, Salgado pronto se dio cuenta de que su verdadera pasión era la fotografía, por lo que abandonó su carrera económica y comenzó a trabajar como fotoperiodista en 1973 para la agencia Sygma en París, además de Gamma. Más tarde en 1979 ingresó en la prestigiosa agencia MAGNUM.Posteriormente, en 1994, Salgado decidió abandonar MAGNUM para, junto a su mujer Lélia Wanick Salgado, crear la agencia Amazonas Images en París, desde la que dedica parte de su tiempo a proyectos ecológicos en su Brasil natal, además de promover su obra por todo el mundo.

url Las obras de Salgado han cubierto conflictos en todo el mundo, con especial hincapié en el duro mundo laboral de los trabajadores más castigados del planeta, plasmado en su obra Workers: Archaeology of the Industrial Age. Entre los mineros de Serra Pelada en Brasil, y los refugiados del Sahel, en África, Salgado muestra una visión delicada del mundo. Capaz de retratar con gran belleza las miserias más grandes del mundo, Salgado ha estado siempre en favor de los desfavorecidos, llegando a ser embajador de buena voluntad de UNICEF desde 2001.

Génesis, Su último trabajo publicado en 2013, recorre los rincones más alejados del mundo y a las personas que viven y han vivido siempre ahí, fuera del contacto con la civilización.

El pasado año 2014, se estrenó un imprescindible documental sobre su vida y obra, La Sal de la Tierra, dirigido por Wim Wenders y el hijo del propio Sebastião, Juliano Ribeiro Salgado.

sebastiao-salgado-fotografia

Escrito por Eliezer Sánchez

http://www.eliezersanchez.com

Sobre Will Elliott – Por David Desanti

Un día, casi por casualidad, descubrí en una estantería de una famosa librería de Madrid, un libro que me llamó la atención. En su portada, aparecía la cara de un payaso, con tintes siniestros y con una sonrisa burlona y socarrona, dibujándose en su rostro, imitando claramente un gesto provocativo. No me hizo falta mucho más, para arrancarlo con celeridad de su estante y ojear, tanto su interior como su contraportada. Admito que soy un devorador empedernido de libros de novela negra, pero aquel ejemplar logró despertar en mí algo más: curiosidad. A los pocos minutos, estaba pagando en la caja un libro titulado: “El circo de la familia Pilo”. Y es que, Will Elliott, decidió escribir este libro, cuando le diagnosticaron esquizofrenia, y abandonó la carrera de derecho. Llegando a conseguir la friolera cantidad de seis premios de gran prestigio internacional.

unnamed A pesar de que Will Elliott ha asegurado varias veces que la novela no es autobiográfica, los que la hemos leído, no podemos evitar relacionar determinados momentos de la historia, en los que el protagonista sufre varias transformaciones en su personalidad y en sus aspiraciones, con algún sentimiento propio del autor, en el que buscara canalizar posibles sensaciones desconocidas para él. Al leerlo, no solo quedó satisfecha mi curiosidad morbosa por saber que hay en la mente de los demás, si no que además conseguí recordar el verdadero placer que da leer textos de escritura gótica., como los de Radcliffe o Mary Shelley.

Después de “El circo de la familia Pilo” Will, siguió escribiendo otras obras como: “Nightfall” o “Inside Out” y posteriormente se atrevió con una serie de libros titulada “Péndulo”, no logrando el éxito deseado.

Escrito por David Desanti.

nscdavidst@gmail.com