Impresiones sobre “Tokio Blues” – Por Javier Solís

Recuerdo que no sabía absolutamente nada de este escritor la primera vez que vi su libro en la estantería de una tienda, durante un verano que pasaba en solitario en un pueblo junto a la playa. Había acabado velozmente con el resto de la lectura que llevé para pasar el rato, de modo que, inmerso en una búsqueda casi adictiva de más entretenimiento, lo cogí al azar, incrustado entre otros “best-sellers” con los que no albergaba demasiadas esperanzas. En realidad no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar, pero como suele ocurrir con algunas noches de fiesta, en las que uno sale sin expectativa alguna a ver qué pasa y acaba por tener una velada para recordar, las mejores experiencias en ocasiones se esconden para que no podamos llamarlas, forzarlas a que aparezcan cuando lo necesitamos, sino que son de alguna forma libres para poder surgir en los instantes que menos lo esperemos. Algo así me pasó cuando me senté en el sofá aquella tarde y, tras escuchar en el ordenador la canción que da nombre al libro (Norwegian Wood, de los Beatles), comencé la lectura y no la abandoné hasta que, ya de madrugada, cerré el libro por el otro lado con una expresión visiblemente emocionada en el rostro.

Dotado, como casi toda la literatura de Murakami (que empecé a descubrir después), de una melancolía tibia, silenciosa, Tokio Blues cuenta la historia de un estudiante solitario, grisáceo en apariencia, extrañamente fuerte o sabio ante los devenires emocionales que le van ocurriendo, impregnado de la pesadumbre, terriblemente realista, que en ocasiones se percibe en el nihilismo, aunque sea de ese nihilismo de andar por casa con el que muchos de nosotros nos sentimos identificados, tocados en distintos momentos de nuestra vida. Esa sensación de cierta incomprensión y desarraigo emocional que se torna en un anhelo que jamás llega a ser satisfecho, que impide alcanzar totalmente una satisfacción plena, absoluta, o al menos una ilusión semejante a la que aferrarse. Tokio Blues nos transporta a ese mundo que parece lejano, aislado del estruendo de la sociedad, en el que se destila la atmósfera de tristeza de aquellos que no pueden ser felices, que siguen viviendo como si estuvieran inmersos en un viaje pálido, lúgubre que les arrastra, y que buscan una liberación en la música, el recuerdo, el sexo o la amistad. En ellos se percibe la sensación angustiosa de no llegar, de quedarse varados en una tierra intermedia, muy lejos de lo que se está persiguiendo. Resulta revelador el modo en el que cada uno de los personajes afronta la condena de esa existencia, la astilla en el corazón que no son capaces de arrancar: unos optan por la indiferencia apática, otros se ven arrastrados hacia la dulce locura del abandono de uno mismo, y otros eligen la aparente fortaleza del olvido o el suicidio, la vía de escape definitiva, última, para tantas y tantas situaciones cuyo dolor no podemos manejar..

Desde que leí esta novela se ha convertido en una de mis obras de culto, una de las pocas que dejo entrar a ese selecto grupo. No sabría decir si es mejor que otras del mismo autor: otras por las que es más conocido y aclamado, pero para mí es la más emocionante que hasta el momento he leído de él. Al acabarla, un tanto descompuesto, recuerdo haber cogido el teléfono móvil y escrito un mensaje a la chica con la que entonces compartía una relación, haciéndole saber lo afortunado que me sentía de estar con ella. Poco después ese gesto, como otros parecidos, no sirvieron de nada, pero al menos me hicieron entender hasta qué punto un libro, una historia, podía conmovernos, cambiarnos, provocar en nosotros sentimientos parecidos a los que el autor intentó plasmar (en este caso con gran habilidad) entre sus páginas.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Tokio Blues” (Haruki Murakami)

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