Impresiones sobre “El túnel” – Por Javier Solís

Confieso que la primera vez que intenté leer “Sobre Héroes y Tumbas”, la obra más conocida y representativa de Ernesto Sábato, me sentí vencido casi en el primer capítulo. Era apenas un adolescente, un neófito en el mundo de la literatura (al menos en ese aspecto no he cambiado nada) y me costó cogerle el gusto a los entresijos de esa novela fabulosa, original y polémica, posiblemente una de las mejores del siglo. Luego me sedujo por completo, irremediablemente, pero en aquella ocasión hubiera deseado, antes de empezarla, haber pasado por la introducción al mundo de Sábato que proporciona “El túnel”, una historia inteligente, insólitamente divertida por la esperpéntica personalidad del protagonista, que transmite una impresión de hilarante ternura de su carácter, su dificultad para imponerse a las limitaciones amorosas que lo atenazan. Fue, como en otros casos que recuerdo con cariño, un regalo de alguien muy querido, y quizás por ese motivo le tengo una afinidad especial a este libro, una alegría extraña cuando pienso en él y en la persona que me lo hizo llegar.

“El túnel” es un reflejo perfecto, asequible, de la literatura certera del autor, de la complejidad moral y emocional oculta debajo de las capas de ironía, de la prosa culta y sin embargo fácil de leer, rápida pese a ser capaz de describir con precisión los detalles, de introducir, casi subrepticiamente, destellos de sabiduría, de reflexiones filosóficas y psicológicas que van surgiendo sin que nos demos cuenta, ayudándonos a sumergirnos en la historia y a comprender a sus protagonistas. Así descubrimos a su memorable personaje principal, la persecución de una enamorada cuyos favores parece absolutamente imposible que logre, las contradicciones de su carácter, una metáfora crítica esa hipocresía generalizada de los que piensan una cosa y dicen otra, o de los que se enaltecen de valor en los momentos de anticipación pero se desmoronan cuando llega la hora de la verdad. Y, sobre todo, nos muestra con picardía y buen humor (humor negro en realidad, depresivo incluso al ahondar en las reflexiones que nos quiere transmitir el escritor, pero humor al fin y al cabo) la capacidad de algunos seres humanos para auto boicotearse, para dar vueltas en círculos alrededor de un objetivo que, por diversos motivos implementados en uno mismo, en las bases más primordiales de nuestra personalidad, acaba siendo una empresa utópica, inasumible.

Tengo que admitir que existe en este tipo de personajes una capacidad inherente para que me sienta identificado con ellos, lo que quizás refleja cierta falta de originalidad en el carácter de los escritores: algo así como una comunión de inseguridades que son las que desembocan en la necesidad de plasmarlas en papel, de desahogarse a través de la compartición con el resto del mundo. Un mensaje lanzado al exterior en el interior de una botella de cristal. Supongo que por eso, en las ocasiones en las que he intentado ponerme delante de una hoja en blanco y escribir una historia, han sido precisamente emociones como las que experimenta el protagonista las que con más fuerza me sentía necesitado de contar, de transmitir en busca de comprensión, de una especie de asentimiento invisible de aquel que lo leyera, en ese repetitivo afán, inherente a casi todos nosotros, de escuchar la famosa y redentora frase: “no estás solo”.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“El túnel” (Ernesto Sábato)

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