Impresiones sobre “Fiebre en las gradas” – Por Javier Solís

No descubro nada si digo que Nick Hornby es conocido por ser el autor de una de las más famosas novelas de culto de la década de los noventa, “Alta Fidelidad”, la hilarante e irresistible historia de la ruptura sentimental del entrañable (para algunos, no tanto para mí, aunque no viene al caso) dueño de una tienda de discos, treintañero, casi cuarentón, y sus recuerdos y desventuras bañadas en toneladas de buena música pop. En seguida, apenas leí las primeras páginas, supe que iba a congeniar con el espíritu realista, cínico, levemente apesadumbrado e indudablemente auténtico que transmitían sus personajes, su inteligente sencillez y su irónica forma de ver el mundo. Por ello, nada más acabar “Alta Fidelidad” me hice con la que había sido su primera novela, “Fiebre en las gradas”, y comencé a leerla al llegar a casa. Fue un acto un poco impulsivo, casi alocado, dado que, al contrario que con la obra anterior, no tenía ninguna referencia personal en la que apoyarme, y por ello no sabía si hacía una buena compra o estaba tirando el dinero a la basura. Lo cierto es que no me importó demasiado.

Inicialmente me esperaba un relato parecido al anterior, tal vez menos refinado, pero esencialmente semejante: la descripción de las peripecias amorosas de un protagonista del mismo estilo que el tipo de la tienda de discos, sólo que con el futbol como paisaje de fondo. Pero admito que fui sorprendido. Escrito a modo de diario a lo largo de los años, desde la adolescencia a la madurez, el autor narra su propia afición al futbol, como seguidor del Arsenal, y la curiosa influencia, por momentos absolutamente angular, que este deporte tuvo a lo largo de distintas épocas de su vida. Como buen fanático, recalcitrante, adherido a los colores del equipo como si fueran más importantes que los propios apellidos, va exponiendo sensaciones, frustraciones y exaltaciones que manan de la asistencia a los partidos del Arsenal, su club, durante más de veinte años. Considerando que en ese período, comprendido desde finales de los sesenta a principios de los noventa, el Arsenal no se caracterizaba por ganar demasiados trofeos, la trayectoria errática de los “cañoneros” dota a la vida del protagonista de un regusto a depresión grisácea, a decepción insertada en el sustrato de su propia personalidad, dolorosamente incapaz de alcanzar una felicidad plena o la aceptación de una derrota como punto de partida para construir algo nuevo, para liberarse por completo de la influencia nociva que el fútbol ejerce en él. Se queda oscilando en un “casi” perpetuo, una mediocridad indiferente que se transmite con gran precisión al lector, especialmente a aquellos que, como yo, hemos tenido nuestros periodos de feroz afición al futbol, de saber lo que es perder el apetito por una derrota, un suspiro de horror ante un inesperado gol en contra, el deseo de desaparecer en un pozo tres días tras caer en una final o contra el eterno rival. Y las cien mil horas tiradas a la basura ante partidos insoportables, empates insulsos o resúmenes repetitivos en cinco cadenas diferentes con tertulianos a los que no soportas. No puedo asegurar que fuera placentero rememorar esas épocas con las que ya no me identifico, pero no por ello negaré que es verdaderamente meritoria la atmósfera creada en este libro, esa capacidad tan inglesa de dotar el fracaso de un toque de ironía que, tal vez sólo por aceptarlo de un modo tan flemático y resignado, casi lo redime, lo eleva al nivel de un pequeño triunfo. El mismo que los aficionados experimentamos, no sabemos por qué, cuando uno de esos jóvenes millonarios marca un gol y nos hace mínimamente partícipes de su alegría, de su victoria. Aunque no tenga el más mínimo sentido.

 

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“Fiebre en las gradas” (Nick Hornby)

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