Impresiones sobre “El jinete polaco” – Por Javier Solís

Mientras reflexionaba acerca de cuál iba a ser el primer libro a comentar en este blog, cayó en mis manos, procedente de un viejo conocido, esta novela por cuya vera ya había revoloteado en otras ocasiones, sin encontrar nunca el momento adecuado de comenzar a leerla. Lo había deseado, pero no sentía que debiera hacerlo. Aún no sé definir exactamente por qué, aunque quizás se trate de la inconfesable anticipación de la tenue melancolía que iba a sobrevenirme cuando la acabara. Sin embargo, como consecuencia de verme postrado unos días en la cama por un mal resfriado, y obligado a buscar un entretenimiento sólido para no ahogarme entre las paredes de mi propia casa, consideré que era la ocasión idónea para introducirme de lleno, sin interrupciones, entre estas páginas que tanto tiempo había esquivado. En realidad algo sabía ya de ellas: algo acerca del modo en el que se sumergían en esa oscuridad profunda de la postguerra, recorriendo lentamente las existencias de los principales actores de los conflictos y la miseria que azotó España durante aquellos años: la gente sencilla que nada pudo hacer más que soportar, refugiarse, confiar en aguantar cada día ese frío, hambre y desolación que a tantos nos ha parecido ciencia ficción a lo largo de los modernos años de bonanza económica. “El jinete polaco” es un relato de esa época, un cuadro, como aquél al que se hace referencia en el título, fragmentado en las historias de varios personajes cuyas vidas se entrecruzan a lo largo de los años, encajando finalmente e incrustándose en un mosaico que se evoca gélido en los pueblos diminutos en mitad del campo, sombrío en las noches solitarias de las familias retemblando frente al brasero, sin nada que llevarse a la boca; es también un mosaico levemente esperanzado en la evocación de las generaciones posteriores, que dejaron de sentir como propias las consecuencias de la guerra y comenzaron a construir sus alegrías y pesadumbres en los sueños de las nuevas bandas del rock, en la literatura de los cafés humeantes de los disidentes de izquierdas, barbudos clandestinos y sigilosos, y en los amores que apenas se asomaban por encima del recubrimiento platónico en el que tantos nos hemos refugiado en la adolescencia. El libro de Antonio Muñoz Molina tiene algo de “Cien Años de Soledad” en su narración casi ininterrumpida, en el carrusel de sensaciones que inserta a través de descripciones hondas, largas, del salto inesperado de un personaje a otro, haciéndonos ver que existe algo importante, complejo y decisivo en cualquier ser humano, por insignificante que pueda parecer desde la perspectiva sesgada de la ignorancia de los observadores externos, arrogantes, siempre pendientes de nuestras propias historias.

Mi único reproche (reproche cargado de envidia, reproche hacia mí mismo, más bien, pero reproche al fin y al cabo), es la felicidad inherente del protagonista en el período en el que nos relata este amplio conjunto de vivencias: esa definitoria sensación de superioridad, inconsciente, que a uno le invade cuando, pese a rememorar épocas tristes, lo hace desde la suficiencia de haber encontrado lo que todos buscamos, el sentido existencial que sólo se revela en ocasiones, cuando quiere o cuando le toca, y que durante interminables meses o años parece habernos abandonado para siempre. Por supuesto, estoy hablando de la felicidad asociada a la maldita y maravillosa inconsciencia del amor correspondido, la fuerza egoísta que nos hace cambiar por completo la perspectiva del pasado, que lo parte, lo convierte en una carga ligera, frágil, apenas perceptible, que se va perdiendo velozmente hasta asentarse diminuta y silenciosa en un rincón muy hondo de la memoria. La única manera real de asumirlo, de pasar página y, por fin, de superarlo.

Crítica realizada por Javier Solís

jsolisros@gmail.com

“El jinete polaco” (Antonio Muñoz Molina)

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